Así es como Chocó aprovecha sus bosques

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De continuar con la tendencia actual de deforestación, tres millones de hectáreas de bosque húmedo del Chocó-Darién desaparecerán de aquí a 2030. Mujeres cabeza de hogar, jóvenes y víctimas del conflicto armado intentan protegerlo y sacarle provecho económico.

A plena luz del día, sobre el río más caudaloso del país, una mancha amarilla, delicada y continua se aproxima a la lancha. Mariposas, cientos de ellas, revolotean entre la espesa selva chocoana, se acercan a los rostros negros de sonrisas blancas que posan frente a humildes casas de madera y luego rozan, sutilmente, las oscuras aguas del Atrato.

Después de cuatro horas navegando, desde Quibdó hasta Bojayá, se asoma, entre tupidos árboles, la localidad de Bellavista, un lugar que carga consigo las secuelas de una masacre, de un enfrentamiento entre guerrilleros y paramilitares que dejó como resultado 119 personas muertas y 6.000 desplazadas. Muchos cuerpos desmembrados, mucha tristeza, muchos recuerdos de aquel 2 de mayo de 2002 que se cuentan con la voz quebrada.

Ahí vive Baldolovino Dumasa Cuñapa, líder indígena de la comunidad embera; son siete hijos y 54 años. Lleva el pecho descubierto, un jean roto y pies descalzos. Fue víctima de la violencia, perdió todas sus pertenencias, pero retornó por amor a la tierra, tierra que hoy no produce como antes, que sienten sólo da pérdidas.

Y es que los bosques también han sido víctimas de las amenazas y caprichos de los grupos armados ilegales que con motosierras se han ido comiendo a mordiscos el paisaje del Chocó. El verde que Baldolovino tiene frente a él cada mañana, hace parte de los once puntos más amenazados del planeta, donde se concentra el 80 % de la deforestación. La región del Chocó-Darién, considerada una de las más biodiversas del mundo, podría perder tres millones de hectáreas de aquí a 2030.

Si nadie hace nada, advierte el informe “Bosques Vivos” de WWF, 170 millones de hectáreas de bosque desaparecerán para esa misma fecha. Esto significa que podría perderse un bosque del tamaño de Alemania, Francia, España y Portugal juntos, donde habitan “más del 52 % de las especies de árboles, 80 % de las especies de primates, 124 especies de aves (el 70 % de ellas amenazadas o en peligro)”.

Ante ese escenario, que se suma al de la minería ilegal donde la obsesión por el oro y el platino ha desviado el curso de los ríoscon dragas y buldóceres, ha matado a cientos de peces, ha contaminado el agua y ha ocasionado infecciones en la piel y otras tantas enfermedades en la población, es que la bioquímica Maribel Torres decidió crear Bioinnova, el primer centro de investigación e innovación en el Chocó.

El objetivo es fortalecer proyectos regionales, conservar el medio ambiente, unir el conocimiento ancestral con el científico y apoyar a los sectores más vulnerables del Pacífico. Trabaja con víctimas del conflicto armado, jóvenes y mujeres cabeza de hogar con baja escolaridad y mayores de 50 años, con el objetivo de que estos nichos no tengan que depender de las ayudas que brinda el Estado, sino que sean capaces de ser económicamente independientes.

“No hay derecho de que las comunidades que siempre han conservado el ecosistema, de manera incógnita e invisible, estén pasando hambre y otro tipo de necesidades. Por eso queremos que Bioinnova aporte a la transformación socioeconómica de la región, que la gente desarrolle sus productos y luego los lleve al mercado. Que le saque provecho a la selva que tienen al lado”, explica Torres.

Una de esas iniciativas es Curcumetto, fundada por Edwin Allín y su esposa, Céfora Lloreda. Ambos trabajan de la mano de 112 indígenas y 92 afros de Bojayá para producir aceite de cúrcuma, limoncillo y jengibre. Las familias se encargan de cultivar, arrancar la cosecha, lavarla en el río y ponerla durante veinte días al sol, mientras que Edwin la procesa en una pequeña fábrica, cubierta por paredes de madera y latas en el techo, para extraerles el aceite y luego venderlas.

“Nuestro sueño es comercializar en grande, pero estamos fracasando”, dice Edwin, algo desilusionado. “No tenemos quien nos compre, necesitamos un horno y un molino para trabajar y poder sacar harina; no queremos plata, sino herramientas para producir. Hay muchas víctimas que dependen de esto y hacer crecer un negocio es tremendamente duro en esta zona, lo hacemos con las uñas”.

Aunque ahora hay 25 microempresas consolidadas en Bioinnova, que trabajan con diferentes productos como vinagre de borojó, cocadas de piña, cosméticos libres de químicos o derivados del petróleo, aceites esenciales extraídos de plantas del Pacífico y harina de plátano, lo cierto es que muchos están preocupados por la rentabilidad del negocio. De ahí que la población haga parte, por necesidad, de actividades que degradan el medio ambiente.

La Defensoría del Pueblo ya ha identificado que los guandales y los cativales, localizados en la parte media y baja del Atrato, han sido los bosques más afectados en el departamento. Las ciénagas de Panezo, Chicaravia, La Redonda y Bellavista también entran en la lista.

Todo adquiere más relevancia luego de que el Instituto de Hidrología, Meteorología y Estudios Ambientales (Ideam) arrojara el año pasado una cifra preocupante para el país: 140.356 hectáreas de bosque fueron deforestadas en 2014; el Chocó está siendo impactado por la tala indiscriminada, la ganadería, la agricultura a pequeña y gran escala, la minería y las obras de infraestructura.

“Hubo una época en que nos iba muy bien, solíamos recoger arroz, plátano, yuca y piña en grandes cantidades; luego íbamos a los pueblos e intercambiábamos nuestros productos con los negros. Fueron buenos tiempos”, recuerda con nostalgia.

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