Emprendedores que llevan energía a África

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La Fundación Doen, en Holanda, apoya más de 300 iniciativas en el mundo que ofrecen fuentes renovables a países que no las tienen.

Si alguien googleara el acceso a la electricidad en el mundo se encontraría con un mapamundi del Banco Mundial que muestra cuáles países tienen luz y cuáles permanecen a oscuras. Entre 2011 y 2015 todos los continentes están coloreados con un rojo encendido, que, para esa escala, obedece a más del 80 % de acceso a electricidad de la población. Pero cuando la mirada se dirige a África y algunos países de Asia aparece un gran parche de blancos y rosados pálidos que se traducen en un acceso a energía pobrísimo que llega a la nimia cifra del 5 % en Sudán del Sur, no alcanza al 10 % en Malawi y tampoco supera el 20 % en Ruanda. 

“Cada ocho segundos una persona muere por aire interno polucionado”, comentó Jeffrey Prins en el hotel Okura, al sur de Ámsterdam en Holanda, donde se llevaba a cabo una conferencia de energía. “Pero nadie se entera y a nadie le importa porque es un fenómeno silencioso, les sucede a quienes no tienen voz y son pobres”, complementó, refiriéndose a ese bache blanco del mapa que es África. La cifra total asciende a más de 4 millones de personas que mueren por esta causa. Un número que supera las muertes por tuberculosis o sida en el mundo.

Prins es el director de programas de la Fundación Doen, una organización con base en Ámsterdam que se fundó hace 25 años y se encarga de crear una sociedad más verde y más inclusiva. La fundación apoya más de 300 iniciativas alrededor del mundo para llevar energía a lugares desabastecidos. Según aseguró Prins, 1.000 millones de personas en el mundo no tienen acceso a energía moderna, 2.000 millones tienen un acceso inadecuado y poco confiable y casi 3.000 millones utilizan energía sucia, contaminada y poco saludable para cocinar.

Según el informe “Power for all” (Energía para todos, en español), publicado en 2014 por la empresa Dlight, que se encarga de llevar energía solar a los miles de millones de personas que no cuentan con ninguna fuente, el planeta será el hogar de más de 8 mil millones de personas en 2030. En el transcurso de los próximos 15 años los países en vía de desarrollo que no forman parte de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE) representarán el 70 % del crecimiento de la población y el 90 % del crecimiento de la demanda energética. Por eso, dice el informe, para ofrecer acceso a la energía básica (definida como 250 kWh/año, suficiente para alimentar un par de luces, ventiladores y los teléfonos celulares en las zonas rurales), los expertos estiman que costará US$700 mil millones entre 2010 y 2030.

Entonces, con esa ambición de llevar energía a los países más pobres, Jeffrey Prins, polítólogo radicado en Holanda, está convencido de que la clave es descubrir nuevos modelos económicos. “El diálogo de la economía es muy dominante. Lo que intentamos hacer es expandir ese foco económico para introducir nuevos jugadores”. Pero esos nuevos jugadores están en condiciones muy desfavorables. La desigualdad es tanta, que algunos países de África pagan de US$8 a US$30 por kWh consumido, mientras en Holanda se pagan US$0,22 por la misma cantidad.

Basados en esa diferencia, la Fundación Doen decidió apostarles a los emprendedores que quieren llevar a otros mercados las energías renovables porque, según Prins, entre más energía tengamos, más desarrollados seremos. “El índice de vida va creciendo. Comprar un sistema solar se vuelve tan importante como la educación, la salud o el acceso a agua potable. Es un activo que los hace ricos porque los niños pueden leer en la noche, los adultos trabajan más tiempo y se informan con la televisión de lo que ocurre en el mundo”, sostuvo.

Así que cuanto mayor es el consumo de electricidad de un país, mayor es el bienestar de su gente. Al correlacionar el consumo per cápita de electricidad con el Índice de Desarrollo Humano (IDH), una pequeña cantidad de energía puede transformar la vida. Lo anterior es medido en bienestar, esperanza de vida, alfabetización y educación.

Varios ejemplos recuerda Prins en África y Asia que le han cambiado la cara a sus pobladores: una pequeña empresa social de Ruanda llamada Inyenyeri reemplazó todo el sistema de estufas de las casas logrando menos exposición al humo y mayor eficiencia energética para cocinar; varios paneles solares han sido instalados en pueblos de India, y una pequeña villa en Tanzania tuvo electricidad por primera vez, “lo que los hace sentirse parte de la vida moderna”, remató Jeffrey Prins. 

Todas estas pequeñas iniciativas llegan a apenas el 1 % de las personas que carecen de energía en África mientras que los gobiernos están enfocados en otras líneas de negocio. De ahí que Prins sea enfático en la necesidad de crear miles de empresas pequeñas que logren financiarse y dar resultado. “Mi mayor preocupación es que mucha gente está siendo afectada y no tiene voz ni voto”, comentó. 

Todavía hay muchos países ricos que piensan que crearon el problema y lo van a solucionar por su cuenta. Pero para él es clave que incluyan a los más pobres. Como cuenta, si se ataca el problema de la energía se resuelve, en gran medida, el del cambio climático. “En Occidente producimos de 15 a 20 toneladas de carbono por hogar (Estados Unidos, fundamentalmente), mientras que alguien en los países menos desarrollados solamente produce una tonelada. Seamos honestos, los pobres rurales no están directamente interesados en el “clima” de otra manera”, concluyó. 

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